miércoles, 22 de diciembre de 2010

Prohibido gilipollas sueltos (y atados con cuerda de 10,2)

Últimamente no paro de ver y oir por ahí referencias a las molestias que producen los perros en las zonas de escalada. Yo hasta ahora me he encontrado en las zonas de escalada con gente con música puesta, que me ha robado cintas, que no para de chillar, que se deja sus "restos" en cualquier rincón, que se mete con la furgo hasta el pie de vía si puede... Muchas molestias, y precisamente ninguna producida por un perro.

Por supuesto, cuando se trate de un parque natural, como es el caso de Albarracin, o haya ganado cerca, no es un buen lugar para llevar al perro suelto, pero ¿por qué no voy a poder soltarle en campo abierto? ¿porque al de al lado no le gusten los perros? ¿y si a mí no me gusta su cara? Otra cosa es que el perro le molestase, que no es el caso de la mayoría (en todo caso debe de ser terrible no poder dejarse el almuerzo en el suelo ¡prohibamos las hormigas por si acaso!).

El campo es para los seres vivos capaces de convivir, y eso creo que incluye a mi perro pero no a mucho que va por ahí prohibiendo y escribiendo estupideces.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Jose

“La enfermera me dijo: Vamos, Jose, que tú puedes con esto y con mucho más”, logré entender. Así fue como supe que se llamaba Jose. Es curioso cómo cambia tu percepción de las personas con las que te cruzas por la calle cuando sabes su nombre. Dejan de ser elementos del paisaje urbano, para ser gente con su familia, su trabajo, su casa… Bueno, ése no era el caso de Jose. Hará dos años que le veo todos los días en los bancos de la avenida, a veces solo, a veces acompañado por otras personas de tez tan sonrojada como la suya, fuera la hora que fuera, como consecuencia de los bricks de vino marca Hacendado que siempre tienen a su lado. Pero hasta ahora nunca había cruzado con él más de una frase, aunque sé que él me tiene un afecto especial, tal vez porque le gusta mi perro, al que ve todos los días paseando conmigo, o tal vez porque recuerda (no las tengo todas conmigo de esto) aquella brevísima conversación que tuvimos una noche en el cajero automático. Como todas las noches frías, él se había resguardado allí. Cuando yo llegué al cajero, en la terminal de la calle había una pequeña cola formada por dos señoras y un señor que, seguramente, tenían miedo de sacar su dinero delante de Jose, ya que las dos terminales de dentro estaban libres. Ni que Jose mordiera. “Buenas noches”, dije al entrar. “¿Molesto?”, preguntó él rápidamente, incorporándose sobre sus cartones. “No, hombre, ¿molesto yo?”, contesté. Y ésa fue la primera vez que le vi sonreír.

Resulta muy triste ver cómo se ha ido demacrando su cuerpo con el paso de los meses, con tantas noches frías de invierno, tantos días lluviosos, tantas horas de sol abrasador, esa pésima nutrición… En dos años había pasado de tener el aspecto de una persona vital, astuta y decidida, a una apariencia de absoluta fragilidad, apenas capaz de mantenerse en pie, con un rostro ajado y huesudo y múltiples marcas fruto de enfermedades de la piel y también de más de una paliza que solo él sabe quién y por qué le han propinado. O posiblemente él también se lo pregunte. Pero esta noche era una enorme venda la que le rodeaba la cabeza, manchada de sangre a la altura de la sien izquierda. “¿Qué te ha pasado?”, no he podido evitar preguntarle. Y así fue como empezó a contarme una larga historia de vecinos egoístas, policías crueles y médicos negligentes.

Durante semanas no pude quitarme de la cabeza cómo puede alguien acabar así con su vida en menos de dos años. Poco a poco fui sabiendo (como si de hacer un puzle se tratara) que Jose estuvo casado, trabajaba y hasta posiblemente tenga algún hijo. Me imagino que el alcohol tuvo la culpa de todo: su mujer le dejó, lo que le llevó a beber más y perder su trabajo… Lo último que supo de su mujer es que está con un tipo que le pega. Le creo. He visto muchos casos de personas que prefieren a un cretino que a una buena persona sin nada que ofrecer.

Hace tres meses que empecé a escribir esto, como forma de desahogarme, ya que me he dado cuenta de que a nadie le interesa una conversación sobre un mendigo. Y hace dos meses que un pensamiento empezó a anidar en mi mente: “Nunca más veré a Jose”. Y así ha sido: la primera vez que tuve ese pensamiento resultó ser la última vez que le vi. Tal vez ha decidido cambiar de calle o incluso de ciudad, en busca de un banco más cómodo y resguardado. O tal vez, creo yo, su ex mujer decidió denunciar a aquel tipo y buscó a Jose para pedirle que volviera a casa, con ella y su hija, y le ayudó a recuperar su antiguo trabajo en una fábrica de juguetes, y a estas alturas Jose ya habrá conseguido superar su alcoholismo. De hecho, estoy casi seguro de que la ex pareja de su mujer, ese tipo violento y mezquino, decidió mendigar por mi avenida y, casualmente, eligió dormir en el mismo banco que había ocupado Jose los dos últimos años, donde una fría mañana un policía lo encontró rígido como el hielo, y se dio cuenta de que ya no respiraba.

viernes, 6 de agosto de 2010

Campeonato de escalada en bloque en Torreblanca

El próximo 28 de agosto se celebrará el Primer Campeonato de Escalada en Bloque de Torreblanca (Castellón). El evento coincide con las fiestas patronales y la inauguración del rocódromo municipal, y la final será nocturna, con focos y música, ¡promete diversión!

Más info en escaladatorreblanca.blogspot.com

lunes, 12 de julio de 2010

El cuerpo - del blog de Simón Elías

Escrito por uno de los mejores alpinistas de España. Escatológico, sí, pero no tiene desperdicio...

El cuerpo
Publicado por simonelias - 02/07/10 a la 1:07:33 pm

Uno no se da cuenta de la cantidad de vello púbico que puede liberar el cuerpo humano hasta que se va de expedición. El suelo de la tienda se cubre de una espesa capa de pelos negros y duros. Pelos a los que les gustaría vivir tiesos y altivos como un alambre pero que se arremolinan en oscuras caracolas, muchas veces abrazando una pelusa formada por diversos elementos de origen indeterminado.

Los pelos aparecen en el libro que lees, en la taza del desayuno, dentro de la tortilla de dos huevos y un poco de cebolla que te acabas de cocinar, colgados de las paredes de la tienda de campaña y, como he dicho, cubriendo los espacios no ocupados por las colchonetas aislantes en el suelo de la carpa. Allí se unen, se engarzan como cristales de nieve formando un manto tupido que un día descubrimos a punto de cobrar vida en la esquina suroeste de la tienda.

20 días de expedición de montaña no son ninguna tontería, se descubren olores, cerúmenes, pelos, sabores… que creíamos extinguidos en esta época del roll on y el aftershave. En el campamento de altura situado en el Collado Fantasma (su nombre debe venir de las más de 8 horas de caminata que cuesta alcanzarlo y de las pocas esperanzas que alberga al final del día el encontrarlo. Por suerte en el camino hay gran cantidad de insondables grietas glaciares a las que arrojarse si la desesperación alcanza un grado máximo) a 5.400 metros, dos cordadas de alpinistas pasan cuatro días escalando y descansando en una sola tienda de tres plazas. Cuando uno se quita las botas los otros enmudecen. Un olor agrio, cálido y tan espeso que podrías cortarlo con un cuchillo y rallarlo sobre una tostada, toma los cuatro metros cuadrados de espacio habitable. Los pies salen del calcetín húmedos y arrugados como una pasa, con restos de tejido bajo las uñas sin cortar y con grumos oscuros de lo que estimamos repugnante materia orgánica entre los dedos. Por eso dormimos cabeza con cabeza en este collado a 5.500 metros, el otro lado de la tienda está impracticable.

Hasta aquí ha llegado un perro que se alimenta de nuestros excrementos. Ha salido del campamento base a acompañarnos como si fuese un juego, en el glaciar ha sorteado todas las grietas, ha escalado pendientes de 30 grados con las uñas clavadas en la nieve y pasa las noches al raso soportando temperaturas de 10-15 bajo cero. Cuando alguien se acuclilla dispuesto a desalojar sus restos en los alrededores de la tienda, la perra espera paciente su turno con educación hasta que puede hincarle el diente a la masa humeante sobre la nieve. Es la mejor imagen que he visto para comprender el concepto de cadena alimenticia. Los alrededores de nuestra concurrida tienda de campaña están impolutos a excepción de las manchas amarillas de nuestros continuos orines. La distancia de seguridad en la que podemos movernos tambaleantes, medio en pelotas, semidormidos a las tres de la mañana o en cualquier momento de apretón de vejiga, está marcada por un círculo que podría parecer de llamas amarillas o anaranjadas (según la hidratación) de cuatro metros de radio. Fuera de este radio de seguridad están las grietas en las que sería una desfachatez morir de politraumatismo o hipotermia con los pantalones por las rodillas y la chorra fuera.

Un buen conocedor de la historia del alpinismo y practicante ocasional él mismo, cuando no se encuentra recogiendo ropa usada en los containers de su ciudad o paseando por los centros comerciales reconfortándose de la felicidad que le produce a sus congéneres gastar dinero. Ese poeta de lo hediondo, especulativo y siempre del lado perdedor que es Bahillo, me anunció hace ya muchos años mientras compartíamos un vivac miserable a 6.000 metros, una máxima del alpinismo que no he olvidado nunca: una vía no es lo suficientemente difícil si no te has cagado encima. El excremento, y esto es algo que muchos practicantes noveles de nuestra actividad todavía no saben, tiene mucho que ver con la dificultad. Por eso para las vías más comprometidas y arriesgadas hay que llevar calzoncillos boxer bien apretados bajo las ingles, para que la materia caliente recién expulsada, no corra pantorrilla abajo y pueda reutilizarse, como bien hemos visto en el párrafo anterior, por ejemplo, para completar un eslabón de la cadena alimenticia. Hay que tener una cierta dureza de carácter para estar colgado de un piolet sobre un muro de hielo y dejar deslizar el chorro cálido a través del esfinter sin ninguna contorsión, sin aspavientos, con el gesto concentrado pero no agitado. Hay que saber cagarse con frialdad. Sentir el bulto entre las perneras del arnés y clavar de nuevo el piolet unos centímetros más arriba como si simplemente hubiésemos escupido o nos hubiésemos quitado los mocos con el dorso del guante. No todos valen para esto; una prueba más de que el alpinismo, el verdadero ejercicio del compromiso, no es apto para todos los públicos.

A la perrita que pasó estos memorables días con nosotros en el campamento de altura la hemos nominado para el Piolet de Oro. Nunca habíamos visto un mamífero con tanta resistencia. Aguantó cinco días sin cobijo y sin más alimento que nuestros detritus, que cada día ofrecían menos propiedades nutritivas, según nuestra dieta se iba degradando. Las jornadas de escalada entre 10 y 20 horas tampoco ayudaban mucho en la consistencia de nuestros desechos. La perrita aguantó como uno de esos rusos que vemos en las revistas. Para nosotros fue la vencedora del viaje.

Alguien se ha tirado un pedo en la tienda-comedor. Por el aroma ácido con toques de chocolate y membrillo rancio, es de Mikel. Lo podría reconocer entre la muchedumbre de un centro comercial. Uno siempre reconoce los pedos del compañero. En la montaña se crean unos lazos que serían inviables a pie de calle. Cenamos bien. Juancito, nuestro cocinero, se esmera cada día. Esta tarde ha metido la mano en el gallinero que ha improvisado con piedras junto a la cocina y al primer pollo que le ha picado le ha cortado el cuello. Lo ha desplumado en un momento y a la noche nos lo comemos con arroz. Un manjar del que repetimos varios platos hasta meternos en la cama empachados y felices. En la montaña la felicidad es muy básica: si el día es malo, consiste en seguir sintiéndote vivo. Si es bueno, vale con un buen plato de arroz con pollo y un saco de dormir. Cierras la cremallera y comienzan los gases. Puede parecer una majadería, pero a todos nos gusta el olor de nuestros propios pedos. El aroma ácido con toques de chocolate y un ligero regusto a hierba recién cortada o a patatas en descomposición sube acariciándote la espalda como un baño de algas. Lo disfrutas con total intensidad antes de pasárselo a tus compañeros. Uno puede saber si su compañero de tienda está enfermo por el olor de sus pedos. Un día Dani se puso enfermo y notamos que ya no eran como todos los días. Entonces le preparamos manzanillas y le ofrecimos pastillas que él rechazó. Por sus pedos pudimos cuidarle. Cuando estamos en casa, en medio de este pugilato que es la vida cuando te quitas los crampones, nadie te huele los pedos con comprensión médica. El pedo es un barómetro del cuerpo y una elegante manera de comunicarse.

Los que llevamos años en estos menesteres sabemos que antes de salir de expedición es fundamental afeitarse los pelos del culo. Bien cortitos, bien rasuraditos pero sin utilizar la misma maquinilla que para la barba. Con esa luego pica mucho. Es mejor hacerlo con una de la cabeza, con una de esas máquinas eléctricas que usamos en momentos de exaltación o depresión emocional para raparnos. Así no quedan pelos enterrados y se minimizan los picores. Este truco es fundamental, recuerdo una desafortunada ocasión en Patagonia en que después de bajar de una vía difícil con la prueba de más de doscientos gramos todavía solidificada dentro del calzoncillo, no había manera de abrir hueco en esa maraña de pelos y restos orgánicos. Sólo teníamos una navaja y a punto estuve de utilizarla en el desbroce, pero mientras blandía su hoja entre mis nalgas, acuclillado, con la cabeza entre las piernas encima del glaciar, pensé en que no le podía hacer eso a mi compañero. Lo solucioné todo con pequeños llamarazos de mechero y es que el respeto por el compañero es fundamental. Ese tipo que parece el doble de Leopoldo García Panero es tu mejor amigo, la sujección de tu cuerda y la única conversación en docenas de kilómetros.

Hay países especialmente complicados a los que viajar de expedición. Por ejemplo en la India lo más complicado son los primeros días. Si haces un viaje de bajo presupuesto y comes en los puestos de la calle, llegar al campamento base sin haber expulsado algún órgano vital por el water será el mayor reto. La escalada luego será un paseo. Recuerdo que en mi primer viaje a la India repasaba las posibilidades de éxito de la expedición analizando los restos que encontraba en la letrina. Esto pertenece a J.C., que es casi agua y tiene restos de sangre; esto más pastoso es de G., que tiene una consistencia similar a la mía; y este seco y negro es de J., que se encuentra en plena forma. Cuántas expediciones se han perdido en las letrinas. En nuestro viaje a la cordillera Huayhuash decir: ¿cómo estás?, significa realmente: ¿qué tal has cagado? Y una conversación puede alargarse más de media hora, adentrándose en descripciones, en términos y adjetivos del excremento que nos parecerían imposibles desde el asfalto. La montaña añade muchos matices a la vida.

Comentarios:
  •  Y no olvidemos el mejor método de selección de pareja de Big Wall: pertréchese con su disfraz para acudir a bodas familiares, petate, arnés, hierros varios… y sobre el orejero de su abuelita extienda todo. Previamente habremos conectado diez ventiladores industriales de gran potencia. En semejante aprieto dispongase a liberar su carga anal en una bolsa de papel, seguramente situada muy cerca de la cara de quien le asegurara en el tramo de A5 expuesto hasta el diedro entre el periquito y la foto de familia. Si se logra evacuar sin manchar nada (ni siquiera por vomitos) ¡Enhorabuena! Tiene usted un excelente compañero de cordada.
  • Y de qué ibamos a hablar cuando ya has memorizado la via, se ha acabado la cerveza y no deja de llover. Eso sí, es muy importante al volver a la civilización recordar que los cánones de comportamiento en la oficina no son los mismos que en la pared, y un eructo que evite ese incómodo flato no será celebrado por el jefe de turno de igual modo que por el compañero de cordada.
  • Aunq recelo mencionar (aun oblicuamente) "sobras" y "salidas" en este punto y momento, concedo q el texto es sobresaliente; y lo pruebo: ojalá no lo hubiera leído.

martes, 20 de abril de 2010

El hombre más feliz del mundo

Matthieu Ricard obtuvo una nota inalcanzable en un estudio sobre el cerebro realizado por la Universidad de Wisconsin (EEUU). Los especialistas en neurociencia afectiva le nombraron «el hombre más feliz de la Tierra». A sus 61 años, quien hoy es asesor personal del Dalai Lama tiene una vida digna de un guión de cine. Biólogo molecular, hijo de un filósofo ateo, dejó su carrera por abrazar al budismo.

¿Una bonita casa en la playa? Matthieu Ricard prefiere el monasterio de Shechen, apartado de toda civilización, en las montañas de Nepal. ¿Una cuenta bancaria boyante? Ha entregado todo el dinero de las ventas de sus libros a la caridad. ¿Quizá un matrimonio bien avenido o una excitante vida sexual? Tampoco: a los 30 años decidió acogerse al celibato y dice cumplirlo sin descuidos. En realidad, Matthieu Ricard carece de todas las cosas que los demás perseguimos con el convencimiento de que nos harán un poco más felices.

El problema de aceptar que Ricard es el hombre más contento y satisfecho del mundo es que nos deja a la mayoría en el lado equivocado de la vida. Si un monje que pasa la mayor parte de su tiempo en la contemplación y que carece de bienes materiales es capaz de alcanzar la dicha absoluta, ¿no nos estaremos equivocando quienes seguimos centrando nuestros esfuerzos en un trabajo mejor, un coche más grande o una pareja más estupenda?

Los científicos han logrado probar que la corteza cerebral izquierda concentra las sensaciones placenteras, mientras el lado derecho recoge aquellas que motivan depresión, ansiedad o miedo. Los neurocientíficos americanos no creen que sea casualidad que durante los estudios los mayores registros de felicidad fueran detectados siempre en monjes budistas, que practican la meditación diariamente. Ricard lo explica en la capacidad de los religiosos para alejar los pensamientos negativos y concentrarse sólo en los positivos. La idea detrás de ese concepto es que la felicidad es algo que se puede aprender, desarrollar, entrenar, mantener en forma y, lo que es más improbable, alcanzar definitivamente y sin condiciones.

Uno de los aspectos que más ha fascinado a los investigadores es la capacidad de los monjes de suprimir sentimientos que hasta ahora creíamos inevitables en la condición humana: el enfado, el odio o la avaricia. El estudio de sus cerebros demuestra una capacidad extraordinaria para controlar sus impulsos basados en el principio de que Buda no prometió a sus seguidores la salvación en el cielo, sólo el final de sus sufrimientos en la tierra si lograban controlar sus deseos. Para muchos ese ha sido uno de los puntos flacos del budismo: la limitación de las ambiciones personales y la pasividad. Ricard suele acudir a una anécdota del Dalai Lama para negar que el control de los impulsos negativos sea igual a pasividad o falta de respuesta, por ejemplo ante un crimen o un genocidio. Alguien le preguntó en una ocasión al Dalai Lama qué haría si alguien entra en una habitación para matar a todos los presentes. Su respuesta irónica fue: «Empezaría por dispararle a las piernas. Y si eso no funciona, apuntaría a la cabeza».

Lograr el objetivo de la dicha no es fácil. Al igual que un logro en atletismo o en la vida laboral, el cambio sólo es posible con esfuerzo y tenacidad, pero Ricard asegura que todo habrá merecido la pena una vez se alcanza el estado de éxtasis mental que logran los elegidos. En su último libro explica cómo nuestra vida puede ser transformada incluso a través de variaciones mínimas en la manera en que manejamos nuestros pensamientos y «percibimos el mundo que nos rodea». Ricard cree que el problema es que nuestros sentimientos negativos hacia otras personas no están a menudo justificados, sino que los hemos creado nosotros en nuestra mente de forma artificial como respuesta a nuestras propias frustraciones.

Los habitantes de las barriadas pobres de Manila se muestran, a pesar de sus dificultades, aparentemente más contentos que los tiburones financieros de la vecina y multimillonaria Hong Kong. Cada vez que se hace una encuesta sobre felicidad global, los filipinos aparecen entre los pueblos más satisfechos. Ni la pobreza ni el hecho de que su país haya sido declarado el «lugar del mundo más afectado por los desastres naturales» parecen afectar su visión positiva de la vida. Su intensa vida social y familiar compensa penurias y privaciones. Los honkoneses, con una renta per cápita 20 veces mayor, aparecen sistemáticamente en los últimos lugares en los mismos sondeos de felicidad. La presión consumista, el estrés y el deterioro de las relaciones sociales figuran entre las causas de insatisfacción más citadas por los ciudadanos. Todo el desarrollo y el dinero del mundo no han logrado levantar el ánimo de la Nueva York de Asia.

Por supuesto, son muchos los que apuntan a la inocencia y la sobredosis de utopía que supone pensar en una aldea global en la que todo el mundo perdona a los demás y nadie se enfada con nadie, un mundo basado en las buenas maneras y sentimientos, sin guerras ni luchas de poder. El monje francés responde a quienes dudan con la pregunta que mejor define su visión de la vida: «¿Acaso quieres vivir una vida en la que tu felicidad dependa de otras personas?». No sugiere que todo el mundo haga lo mismo que él para encontrar la dicha, sólo que aprendamos que la deseada casa de la playa, los millones en el banco o esa pareja tan atractiva tampoco nos conducirán a ella. Aprender a contentarnos con lo que tenemos quizá sí.

lunes, 22 de marzo de 2010

¡Qué injusto, joder!

Éste es el texto que pedí a Desnivel, la revista favorita de César, que publicaran a modo de homenaje a nuestro gran amigo... (lo hicieron en el número de junio, aunque con cierta estúpida censura).

"Perdonad si tardo en contestar, no es que no tenga tiempo para vosotros, sino todo lo contrario". Con esta frase con la que nos recibía en su Facebook, se describía perfectamente. Para él sus amigos, su gente, lo eran todo. Puede que suene a tópico, pero los que nos enorgullecemos de haber sido sus amigos, sabemos que no hay otro como él.

César nunca ha hecho un octavo, ni un M10, ni ha subido un ochomil. Pero no conozco a nadie a quien la montaña le deba tanto. Enseñó a amarla a decenas de personas, y a todos nos contagió su pasión. Daba igual si querías hacer alpinismo, escalada, senderismo, espeleología, esquí, vela, patinaje, windsurf... o simplemente hacer un viaje (pues con 36 años ya se había recorrido medio mundo). Increíblemente sacaba tiempo para todo y para todos.

No vamos a dejar de ir a la montaña, como no dejamos de conducir o de ir a trabajar, aunque también muera gente. Vamos a hacer lo que César nos enseñó: disfrutar de la vida, pero siempre con precaución. Y, seamos de Valencia o de Madrid, seguiremos quedando, como él hubiera querido, aunque ahora tengamos que organizarlo todo los demás...

Este último San José, maldita sea, no quiso venir a ver las Fallas. Prefirió unirnos de nuevo en la montaña. Desgraciadamente, muchos no pudimos acompañarle al Pirineo. Desgraciadamente, porque si todos los que le queremos hubiéramos estado allí, ni siquiera esa maldita avalancha hubiera podido con todos.

domingo, 21 de marzo de 2010

La llamada que nunca quieres recibir

A veces ocurre. Suena el teléfono y contestas, sonriendo al reconocer la voz al otro lado del "hilo" (hoy en día de las ondas). Pero ese día la voz suena más seria que de costumbre, y las primeras frases que escuchas se te van a quedar grabadas para siempre. Las fases me imagino que serán para todos más o menos las mismas: primero negación e incredulidad, después rabia, y por fin surge la pena (a veces sin que se extinga del todo la rabia).

El viernes fue uno de esos días, y ya nunca más el 19 de marzo será San José, ni el Día del Padre, ni el de la Cremá... Sino el día en que perdí un verdadero amigo.

El fin de semana lo he pasado en Madrid, de velatorio y entierro, con Sole, Axel y Patri. Qué suerte, tener gente alrededor que siente lo mismo que tú y con los que, sin tener que decirlo, haces un pacto: vamos a intentar sonreir, y hablar de otras cosas, y recordar, de la forma menos dolorosa posible, esos buenos ratos con la persona que falta. Y así, ser fuertes juntos, que para eso, sin saberlo, nos había preparado. Y es que, si me pongo a pensarlo, casi todos mis amigos lo son gracias a César. Otra cosa más que le debo...

viernes, 19 de marzo de 2010

Bautismo de Jonathan

Teniendo en cuenta que hace como 13 años que somos amigos, era casi increíble que nunca me hubiera llevado a Jonathan a que probase esas cosas que hago los fines de semana (me refiero a escalar, eh!).


Hemos ido a "mi" pared (Torreblanca). La lástima ha sido que no pudiéramos embutir una talla 44 de pie en un 41... Desde luego, ¡a mí no se me ocurriría ponerme a escalar con unas zapatillas de tela! Así que Jonathan nos ha dejado alucinados haciéndose Alguien voló sobre el nido del mirlo (5º) del tirón, y la mitad de Cacho a cacho (5+).


Como siempre, lo importante es que nos echamos unas risas. Y dice que se va a comprar un arnés y unos pies de gato... ¡tal vez tenemos un nuevo acólito!

sábado, 20 de febrero de 2010

Campeonato autonómico de bloque en Tavernes

Hoy la flor y nata del bloque español ha medido sus fuerzas en Tavernes de la Valldigna. Resulta curioso que los 5 mejores de Levante, seguramente estarían entre los 8 mejores de toda España (¡esa Valencia!) Y eso que faltaban Migue (lesionado en los dedos) y Juancho.

En cuanto a la compe, la organización un tanto flojita. Solo había una estructura (4 bloques), lo que hacía que los "mortales" apenas pudiéramos acabar uno o dos de los bloques. La parte positiva: el equipador era Pedro Pons, por lo que se le ha sacado el mayor fruto posible a la estructura. Los tiempos se alargaron, como es habitual, y acabamos a las ocho pasadas...

Las clasificatorias andaban entre 6C y 7B (entre 6A y 6B para las chicas y juniors), por lo que unos 15 los hicieron todos y pasaron a semis. Solo dos chicas los hicieron todos, pero pasaron seis a la final. En las semifinales el nivel de los bloques subió bastante, yo diría que sobre el 7C, y se llevaron por delante a algunos de los fuertes, como Acamer (que no está en forma debido al corte que se hizo en un dedo), Bimbi, Carlos Puche o Carlos Preciado.

En sub18, en la superfinal Carles ganó con autoridad, haciéndolo todo a la primera. En chicas, hubo un duelo igualadísimo entre Eva y Tere, que se acabó resolviendo a favor de Eva (¡vaya dos jabatas!). En el podio les acompañó Sonia. Por fin en la final masculina, los mutantes nos dejaron la boca abierta en dos bloques que apostaría a que eran al menos 8A. En el primero, Ignasi y Ruper no lo hicieron mal, Bruno hizo un poco más y el murciano Nacho, que estuvo enorme durante toda la compe, estuvo a punto de pillar el top. En segunda ronda, más de lo mismo, con un Primo un poco más fino. En el segundo bloque, más o menos se repitió lo mismo: Ruper parecía cansado e Ignasi se lió bastante (aunque acabó tercero), pero Bruno ¡lo hizo a vista! Con un cruce increíble que levantó una sonadísima ovación. Aún estábamos frotándonos los ojos, cuando empezó Nacho. La emoción por todo lo alto: si encadena, gana, si no, gana Bruno. Empieza sobradísimo, pero al llegar al paso de regletas parece que va cambiado... Tranquilamente, junta manos en una regleta del tamaño de un pezón, y acaba el bloque tan sobrado que nos regala una dominada a una mano... ¡inhumano!

Por mi parte, me fuí bastante decepcionado con mi puesto 24... ¿cómo era eso? Ah, sí, ¡¡¡¡HAY QUE ENTRENAR MÁS!!!!